Y por fin llegó el temido día, el 31 de Julio. Las probabilidades de que tuviéramos éxito gracias a una intervención divina eran cercanas, por no decir iguales, al 0%, por ello, decidimos probar con un procedimiento diferente, no porque tuviéramos unas expectativas particularmente altas, sino por el valor didáctico que pudiera tener para mi aprender otros procesos de reacción. En este caso trabajamos con un solo disolvente, en vez de los dos habituales. Por lo que pude aprender, tener que realizar un proceso de purificación es un auténtico tormento, que se puede resumir en; secar disolución, colocar filtro, pasar con metanol, secar nueva disolución, colocar filtro, pasar cloroformo, secar disolución, colocar filtro, pasar con metanol... Y así hasta que tan solo queden unas minúsculas motas de compuesto, teniendo en cuenta que cada disolución tardaba unos quince minutos en secarse y que trabajábamos con tres experimentos en paralelo... Podemos decir que era divertido si te golpeabas la cabeza repetidamente contra un muro. Todos tenemos en la cabeza la imagen de un científico trabajador que pone toda su alma en su proyecto con el cual piensa poner a prueba la inteligencia y creatividad humana negando las convenciones tradicionales y desentrañando la esencia misma de la materia, pero esa imagen se diluye notablemente cuando te pasas la mayor parte del experimento sentado en un banco esperando a que 50 mililitros de metanol se evaporen. Desgraciadamente, nuestro esfuerzo no se vio recompensado con el esperado hilo semiconductor, pero, siendo justo, no puedo decir que mi estancia no fuera de provecho para el progreso científico, al menos ahora se conocen una veintena de compuestos que no reaccionan en condiciones estandar, no es un gran consuelo pero es mejor que nada.
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